El cigarrillo y el planeta

Si yo les contara que después de 35 años fumando alrededor de 40 cigarrillos diarios, he ido al médico para que confirmara la relación entre mis crónicas toses y mi adicción a esa droga, y él, por todo diagnóstico, se ha limitado a sugerirme emitir menos cantidades de alquitrán a mis pulmones, ¿qué pensarían ustedes de ese médico?
¿Qué credibilidad les merecería un médico que, frente a semejante cuadro clínico, le recetara a su paciente aminorar la emisión de nicotina a su cerebro?

Si resultara que su corazón ya padece las consecuencias de esos 80 cigarrillos de diaria dosis durante tantos años… ¿les parecería digno de respeto un médico que se conformara con aconsejarle reducir un 20 por ciento la emisión de alquitrán, nicotina y otros tóxicos a su cuerpo?

Tal parece que no, y todos conocemos no pocos casos de amigos y familiares víctimas de la misma mortal adicción a quienes médicos serios han puesto en la disyuntiva de dejar el tabaco antes de que la vida los abandone a ellos.

Si estamos envenenando nuestro organismo la única solución posible es dejar de hacerlo, frenar esa agonía que no por lenta deja de ser perceptible, recuperar nuestra calidad de vida, nuestros sentidos, nuestro gusto, nuestro olfato, nuestra salud.

Pues bien, ya para nadie debiera ser un secreto el grave deterioro de la salud del planeta en que vivimos, la paulatina e incesante desaparición de sus fuentes de vida, la contaminación del aire, la desaparición de ríos y bosques, el deshielo de las zonas polares…

El calentamiento de la Tierra no será noticia de primera página, ni va a competir en titulares con embarazos principescos, pero ya nadie lo puede negar, menos esconder. Por más que sigamos entretenidos con desarrollos sostenidos y sustentables y demás zarandajas al uso, por supuesto globalizadas, seguimos “fumando” un estilo de vida letal, depredador, cuyas consecuencias, al decir de muchos científicos, pueden ser ya irreversibles.

Pero porque sólo la maldita ambición humana es mayor que su estupidez, los “doctores” que rigen los destinos del mundo, ante la gravedad de la situación, además de poner al paciente en manos de su enfermedad, que sólo así se entiende que el Banco Mundial vaya a hacerse cargo del problema, han resuelto seguir reduciendo la emisión de gases a la atmósfera. No pensaron en otra clase de mundo posible, en otro imprescindible estilo de vida, cuando los más optimistas de los científicos calculan que para el 2070 habrán desaparecido los continentes helados; no propusieron otros modelos de desarrollo alternativos que no nos conduzcan al juicio final antes de lo que Dios haya dispuesto, si es que ya le ha puesto fecha. Lo que recomendaron al intoxicado paciente fue envenenarse un poquito menos, morirse más despacio, agonizar más tiempo, “fumarse” sólo una cajetilla diaria.

Y el planeta cruje entre vacas locas y pollos con gripe, para que el cáncer se vuelva tan cotidiano como el automóvil y el automóvil tan imprescindible como el plástico. Y las bombas de hidrógeno y nitrógeno son ya juegos de niños para lo que, actualmente, se urde y se produce. Y el hambre en el mundo se convierte en la medieval referencia de nuestro pretendido desarrollo, mientras el analfabetismo sigue censurando y suprimiendo, curiosamente, las libertades de que alardean las llamadas democracias; la salud es un derecho virtual que se acaba cuando se pierde; el crimen, un negocio que ya cotiza en Bolsa; y la miseria, otro daño más colateral.

Pero hay en este símil entre doctores y pacientes, entre el cigarrillo y el planeta, un consuelo pendejo, si se quiere, aunque consuelo al fin, que si no va a hacernos más felices, al menos reconforta, y es que cuando los pulmones del planeta finalmente colapsen y el mundo se haga mierda y la mierda habite entre nosotros, nadie, absolutamente nadie, va a quedar para contarlo, ni siquiera el imbécil del “doctor” que para no renunciar a su “progreso” renunció a la vida, a la suya y a la nuestra.

Fuente: rebelion.org

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